Feb27

Luis Aguirre, el ciego

Autor de la reseña: Luis Aguirre

Libro reseñado: "El inventario de las naves", de Alexis Iparraguirre

Publicada en: Correo

Comenta: Luis Hernán Castañeda

Puede que esté pecando de ingenuo, pero yo siempre pensé que el crítico literario tendría que aspirar a ser una especie de Argos. Siempre atento a los delicados movimientos de su presa y listo para capturarla con alguno de sus ojos, el crítico literario tendría que esforzarse al máximo, emplear todas sus energías y todos sus conocimientos, para primero entender y luego explicar los matices que ha logrado captar en el texto, que no serán todos los matices posibles – en tal caso, sería Dios -, pero sí una buena parte de ellos. Para lograrlo, este Argos tendría que haber adquirido un buen número de ojos a lo largo de los años, dedicándose al estudio, la discusión, la reflexión, la escritura y la reescritura. Así debería funcionar la metáfora del crítico literario, por lo menos en mi idealizada versión del personaje, que quizá sea demasiado exigente. Y obviamente, lo es.

Me parece que está muy bien y que es completamente posible y hasta disculpable que un crítico lea un libro cualquiera, no entienda una sola palabra, cierre ese libro inescrutable y por último guarde silencio eterno sobre su reciente derrota. ¿De qué le serviría comentarla con alguien más? ¿Acaso cree que su ignorancia puede ser esclarecedora para otros? Quizá convenga quedarse callado, volver al libro en cuestión y solicitarle una revancha. Pero sería insensato, disparatado y además irresponsable, publicar una reseña para declarar que uno no ha entendido nada, que no ha visto nada, que no sabe nada, con el único objetivo de repetir tres veces la palabra "nada", "nada", "nada" ante los asombrados lectores, que quizá pensarán que nos hemos vuelto locos. Cuando Luis Aguirre escribe "Hay libros… que derrotan", "…son libros para privilegiados", "Dicho lo anterior tengo que admitir mi derrota" y "Y aun así, no pude", para describir su "experiencia" – por no decir lectura – de "El inventario de las naves", uno duda por un momento, se pregunta de qué manicomio se ha escapado Aguirre, hasta que, tras un breve esfuerzo de lectura, descubre que la verdadera intención del crítico es utilizar su propia ignorancia y su "derrota" como banderas de protesta contra el metalenguaje crítico y contra la literatura "literaria", así como el orgulloso chamán despotrica contra el médico y agita un bisturí en el aire, mirándolo con extrañeza y riéndose con la boca cerrada. La reseña es una especie de fábula moral que nos invita a permanecer alejados de esta peligrosa "literatura", pues de hacerlo terminaremos atascados en los terribles pantanos de la "derrota" crítica.

Aguirre empieza su reseña enumerando algunos libros "que derrotan": el Quijote, el "Ulises", "En busca del tiempo perdido", "La montaña mágica", "Paradiso", "El arcoiris de la gravedad", etc. Aguirre compara a estos libros con montañas, y al crítico con un escalador que nunca alcanza la cumbre, es decir, la página final. Curiosa analogía: la "cumbre" no es "el sentido", "la interpretación", "la lectura", "la comprensión", sino "la página final". Esto nos sugiere que la verdadera dificultad está en pasar, una tras otra, las más de 500, 600, 700, 800 ó 900 páginas del libro (y todos los ejemplos citados alcanzan o superan estas cantidades, menos "Ada" de Nabokov), antes de llegar a la última; la dificultad es entonces la extensión, y el problema del crítico es, por decirlo de alguna forma, el temor ante las grandes magnitudes. Sin embargo – se pregunta uno -, ¿es posible que la extensión sea una metáfora para otro tipo de obstáculo, uno menos material? Y así parece ser: el problema para Aguirre es "el prestigio". El motivo de su derrota voluntaria es este concepto complejo, compuesto por ideas vagas como "la vanguardia verbal, el halo del canon, las supuestas conexiones con la biografía personal". Porque "todo esto seduce". Pero solo a dos tipos de lectores: los adolescentes ingenuos, y los privilegiados, entre los que están los "muy universitarios o posuniversitarios" (?), que son "siempre oceánicos, omnívoros, demandantes". Los tres adjetivos son obviamente irónicos, porque lo que Aguirre está diciendo en realidad es que estos "privilegiados" engañan a los "muchachos" con etiquetas como "vanguardia", "metaliteratura", etc. En este punto, uno intuye que estas etiquetas están usadas por el crítico con gracia e ironía, y que pretenden diseñar una parodia de otros conceptos "aparentemente serios" que se recubren de un falso prestigio para ocultar un gran vacío que Aguirre se siente confusamente llamado a denunciar, agrupándolos bajo el cliché de lo "literario", tema que tocaré al final. Pero me pregunto desde ya qué tiene que pasar para que un supuesto crítico literario demuestre esa desconfianza casi primitiva frente a las herramientas que la crítica literaria utiliza todos los días.

Por ahora, veamos ese desdoblamiento entre el "Aguirre joven" y el "Aguirre adulto". A fin de cuentas, el sentido de este primer párrafo de la reseña está dado por el entrecruzamiento de dos miradas: la del lector adolescente, que se deja seducir por el prestigio, y la del crítico maduro, que se burla de este prestigio y declara "no entender" cuando lo que desea expresar es su condena de "la vanguardia verbal", o del "halo del canon". ¿Cuál es la diferencia entre el Aguirre joven, derrotado lector del Quijote, y el Aguirre adulto, derrotado lector de "El inventario de las naves"? Ya sabemos que ninguno de los dos entendió nada, pero mientas el Aguirre joven se deja engañar por el falso "prestigio" y se aventura a leer "Rayuela" y "Sobre héroes y tumbas", otras dos novelas consagradas por el canon que tanto dice detestar, el Aguirre adulto, convertido ya en reseñista de Correo, decide parodiar los engañosos conceptos que conforman este prestigio. Entonces, repito mi pregunta, ¿hay una diferencia significativa – es decir, que sea relevante para nosotros, los lectores de Aguirre - entre el joven y el crítico? Una reseña del Aguirre joven manifestaría con entusiasmo juvenil "lo paja que es" Rayuela, pero no diría nada sobre Rayuela, mientras que una reseña del Aguirre crítico haría mofa "de aquellas tonterías que los lectores posuniversitarios (?) siguen considerando paja en Rayuela", o "de aquellas mentiras que esos doctores quieren hacernos creer", pero seguiría sin decir nada sobre Rayuela. En conclusión, Aguirre presenta la imagen de un crítico que no puede hablar sobre los textos que está reseñando, porque se trata de textos "para privilegiados" (entonces, ¿es coherente reseñarlos de todos modos, por qué no ignorarlos?), y porque este crítico desprecia y ridiculiza las mismas herramientas que podrían permitirle aclarar un poco su propia mente nublada, o en todo caso llenarla si está vacía; pero se contradice inmediatamente cuando, en los tres únicos párrafos dedicados realmente a "El inventario de las naves", trata de aplicar sus dudosos conocimientos por primera vez. Sería mejor que no lo hubiera intentado.

En cuanto al cuento "Sábado", Aguirre afirma que "uno debe intuir lo que sucede porque el estilo es una mezcla de apiñamiento de diálogos, lirismo refinado y un final cósmico": no queda claro si con "uno" se refiere al mismo Aguirre, perplejo ante su propia incomprensión real, o a la particular experiencia de lectura que le plantea el cuento a un lector modelo, experiencia que, en efecto, reclama cierta dosis de actividad para reconstruir los hechos, que son presentados a través de la conciencia afiebrada y narcotizada de los chicos asistentes a la fiesta. Luego, parece que para Aguirre el "final cósmico" (¿y por qué cósmico?) forma parte del "estilo", en el mismo plano que el "apiñamiento de diálogos" y el "lirismo refinado". Bueno; el breve y oscuro comentario, que solo traduce la incompetencia del crítico y su falta de manejo de ciertos conceptos básicos como "estilo" y "final", termina con una lapidaria conclusión: "Sin duda literario". Sorpresivamente, el término "literario" es usado peyorativamente, pero nunca de manera directa, y sí, siempre, con una insidiosa ironía que pretende denunciar algo oscuro pero nunca explica qué: una insinuación malévola y sensacionalista, pero sin contenido.

Del segundo cuento, "Hombre en el espejo", se afirma que "aumenta el extrañamiento". Sospecho que este curioso uso de la palabra "extrañamiento" no es más que una forma de recalcar que el crítico no entendió nada, ni siquiera el significado de "extrañamiento". Así, en este cuento "no hay trama, solo una sucesión de episodios". ¿Qué quiere decirnos aquí el crítico? Siendo benevolentes, interpretemos que la relación entre estos episodios es "surreal", es decir "ilógica" (?). En otras palabras, ¿lo surreal equivale a lo ilógico? Sin embargo, ya "vamos captando ciertas conexiones". "El universo de este libro unitario es apocalíptico, se lanzan pistas sobre la inminencia de un desastre, sueño y realidad se van cruzando". Y esta conclusión vacía, ¿cómo brotó de la equivalencia entre lo surreal y lo ilógico? Felizmente, los siguientes cuentos ("La hermandad y la luna" y "El inventario de las naves") "poseen un tono detectivesco y se disfrutan en algo". En otras palabras, el goce personal del crítico depende del género del texto que está leyendo: si es un relato policial, disfruta, si no es policial, no lo entiende: quizá por la falta de "lógica" de los eventos "surreales" que componen la "trama". Finalmente, estos dos cuentos que "sí se entienden" "son como variaciones de Borges y Eco, pero envueltos en un misterio dentro de un enigma". El verdadero "enigma" parece ser esta última oración, que pretendiendo ser ingeniosa o traviesa no dice absolutamente nada. "Aquello" que el crítico declara sí haber entendido está expresado de manera incomprensible para los lectores: ¿debemos suponer que el crítico es incapaz de comunicar lo poco que sí ha logrado entender, que no desea comunicarlo, o que, en el fondo, sigue sin entender nada, pero ahora recubre esta "nada" de falsos "enigmas" y "misterios"?

"Iparraguirre nunca deja de ser elegante, orfebre y cuidadoso. Pero quizás ese sea el problema. Presiento que algo nos quiere decir, aunque bajo tales capas de literatura es difícil percibirlo". Así, volvemos al tema del calificativo "literario" usado peyorativamente. Debemos entender que, en la visión de Aguirre, la misión del crítico es bucear a través de las sucias capas de "literatura", para encontrar "lo que el libro nos quiere decir": el meollo, el tesoro escondido. Aquí, "literatura" significa elegancia, orfebrería, cuidado en la palabra: resumiendo, significa "buena prosa", un tema sobre el cual se discutió a raíz de un post de Puente Aéreo. Habría que preguntarle al crítico Luis Aguirre qué es lo que busca de la literatura, además de que no sea "literaria": ¿una visión del mundo, por ejemplo? ¿Algún "contenido" interesante? Podríamos concederle el beneficio de la duda, si su propio estilo no estuviera hecho de las mismas vacuidades que pretende denunciar.

En conclusión, esta reseña despliega una estrategia retórica (la de la "falsa derrota") para ocultar una censura irónica al metalenguaje crítico, suponiendo que se trata de una colección burda de clichés empleados en la "seducción" del lector ingenuo; sin embargo, este desprecio de la crítica trae aparejada una lógica pobreza analítica que le impide al crítico Aguirre penetrar en los textos, que se le presentan como extrañas masas oscuras; finalmente, después de renegar de su propio oficio, Aguirre decide de todas formas arrojarse a decir algo sobre "El inventario de las naves", pero esta intención es también encubridora, porque el propósito enmascarado es trasladar la crítica inicial hecha al metalenguaje, al texto mismo de Alexis Iparraguirre, tachándolo de "literario". Estas retorcidas operaciones, atravesadas de ignorancia, cinismo y sensacionalismo, terminan con este broche de oro: "El inventario de las naves es el tipo de libro donde el lector debe correr detrás del autor, y no al revés". En otras palabras, asumimos que Luis Aguirre piensa que lo correcto es que el autor "corra" detrás del lector para venderle un producto agradable y fácil de consumir. Si lo importante es que el mercado crezca, señor Aguirre, y si – como usted pretende afirmar - los críticos académicos disponen de un arsenal de clichés destinados a "seducir" lectores ingenuos, ¿no sería más lógico que usted apoye a estos críticos en lugar de censurarlos?

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"En suma, archivé la bata japonesa en el ropero y me puse mi vieja, desteñida y personalísima bata de paño. Muchos escritores cometen el mismo error. Atraídos por el exotismo, la moda, el lustre, dejan de lado su indumentaria natural y se revisten de la bata japonesa. Arruinan la bata, todo les sale mal, quedan disfrazados”.

Julio Ramón Ribeyro

Este blog es un colectivo dedicado a comentar reseñas y críticas literarias aparecidas en diversos medios, impresos o electrónicos, sobre libros de autores de cualquier nacionalidad. Lamentablemente, muchas discusiones de interés que nacen de ese tipo de textos críticos  se pierden por las mismas limitaciones del medio en que aparecen, que restringe el espacio de la argumentación y no facilita el feedback de los lectores. La intención de Bata japonesa es crear un marco donde pueda darse un verdadero intercambio de opiniones, un diálogo que esperamos sea fluido, inteligente y enriquecedor para todos los participantes.